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El tema de lo ausente, remite a un vacío o a una falta que para el mestizo es su espacio virtual, entre la propia realidad y la realidad material que desliza en su creatividad como un proceso envolvente. Lo ausente se da en lo inconcluso o inacabado, en lo detenido entre lo defectuoso y grotesco, entre lo vital y lo siniestro. En la pintura sacra y evangelizadora se presenta en el tratamiento de las figuras y el entorno mágico y simbólico de los lienzos. Antes lo encontramos en las esculturas y pinturas y ornamentación de los templos y pirámides donde se asoma lo delicado del movimiento plástico, encubriendo algo de salvaje y demoníaco. En el mestizo se sigue librando la batalla de Cuactemoc, Tecún-Umán y Atahualpa frente a los españoles y la derrota sumergida en el inconsciente se mantiene en las formaciones substitutas de un discurso nuevo, portador del mito de sus orígenes y saturado de una inefable melancolía.
El mestizo en su plástica y su narrativa ríe y se alegra dentro de un panteísmo psíquico que como tal no llega a asumir la muerte sino en forma fantasmagórica. Esa muerte que los libros de los antepasados mayas, incas, aztecas y ketchuas trataron como enigmas o alegoría del tránsito y que actualmente en Terra Nostra, en El Señor Presidente, Pedro Páramo, Cien años de soledad o en Rayuela, deambula como compañero de viaje dentro de la inmanencia del dolor y la lucha. Esa muerte que anticipó Cervantes en el sueño del caballero de la triste figura y que hace decir a Unamuno: "Sólo los débiles se resignan a la muerte final, y substituyen con otro el anhelo de inmortalidad personal. En los fuertes, el ansia de perpetuidad sobrepuja a la duda de lograrla, y su rebose de vida se vierte al más allá de la muerte." (Miguel de Unamuno, "Del sentimiento trágico de la vida"). En la plástica indígena cuando aparecen las líneas rígidas o geométricas como una parálisis o muestra de lo inerte, se detecta también ese asomo a la agonía, a la muerte misma, como un elemento gravitante alrededor de su base existencial. En lo sacro, a través de los cuadros clásicos de los grandes pintores mestizos, los elementos rígidos o inertes compensan las formas rítmicas y armónicas de lo que podríamos reconocer como el cromatismo y la composición formal de la pintura. En el juego de la vida y de la muerte el mestizo se recrea en ella, pero sin asumirla definitivamente ya que predominan los elementos vitales de la creatividad, de la búsqueda de sí mismo y de la propia identidad.
El mestizo con su palabra dice menos de lo que siente y dice más de lo que busca. Desde su espacio mítico como plaza inexpugnable, organiza la búsqueda de lo perdido y la defensa de sus hallazgos rescatados de la muerte amenazante. Desde este punto de su creatividad se perfila la nueva enunciación, los nuevos signos, verdades dilatadas con ropaje de ficción e instauradas en su discurso. En estos ángulos del quehacer espiritual del mestizo se hace presente lo informe, lo que está a un paso de precipitarse a lo grotesco, a lo maldito y prohibido, a lo inédito de la vida que contradice el formalismo artificial de las costumbres. Mucho de ello aparece en el chiste de nuestros grupos humanos, en las agudezas de los refranes, en el significado de los gestos para expresar "nada" o "todo", en la ironía de los actos sacramentales, en el festejo del "día de los difuntos" acompañándose de visitas protocolarias, flores, recordatorios y comidas especiales para la ocasión.
No asumir la muerte, es detenerla, deseo inmanente de seguir siendo, es un culto que dista mucho de lo solemne cuando se acepta el más allá. En nuestro caso es más una aproximación tragicómica que vehiculiza el contacto con lo real. De su incompletud y trauma original las formas compensatorias en el mestizo desencadenan una serie de expresiones verbales que van desde el machismo exacerbado y la procacidad verbal destructiva a la sumisión mágica ante la autoridad, a la creencia en los amuletos y los fetiches, al desprecio por la vida como lo sostiene de manera magistral Jorge Carrión en su obra citada: "…La muerte, en cambio, nada cuesta, no tiene precio y quizás inconscientemente se sabe que es valiosa, que buscarla es como acudir al refugio del seno materno, donde los hombres no son alcanzados por las penas. Este equilibrio inestable, entre el precio de la vida y el desprecio de la muerte, no se expresa solamente en el matonismo primitivo y en el machismo provocador y pendenciero. Se significa también en las formas más altas de convivencia, pero en este caso, claro, atenuado y a la manera de los símbolos." ("Mito y Magia del Mexicano, Jorge Carrión)
El mestizo gusta del presagio, del hechizo y la leyenda que rompe la rigidez de la razón y el formalismo estereotipado de la convivencia, escapando así a la realidad concreta de la muerte. Esta tendencia conduce a la desarticulación de la realidad externa por el sujeto creador a un traslape de lo real con lo fantástico y llenar su vacío de origen. De la transgresión nace su historia y su ser en el tiempo, somos una recopilación de sucesos y narraciones que como herencia verbal se ha prolongado de generación en generación, de hombre a hombre como un atavismo lingüístico que culmina en nuestro complejo cultural. El mestizo en América Latina es un discurso, somos símbolos y tradiciones. Lo anterior es observable aún donde los extranjeros han absorbido las costumbres y tradiciones.
Pero así como el mestizo sigue la ruta de su definición existencial bajo el signo de sus imágenes primordiales, el fuerte vigor de su estilo y definición de su presencia productiva conlleva necesariamente la huella del trauma primario y de la muerte. Esta dimensión observable en la presencia-ausencia de una penumbra destructora puede llegar a diluir la brillantez de las figuras o situaciones más relevantes en la composición plástica. En toda expresión creadora del mestizo se asoma la sombra prematura de la muerte y los medios posibles para dilatarla, como una forma de conjuro o destrucción de ésta en la detención de los sucesos; para traspasar la vida hay que estatizarla, de lo contrario se escapa. En la plástica este hecho se manifiesta como rigidez y en la narrativa como estación o límite. Por el contrario los puntos relevantes de contraste se dan en los pasajes y recorridos excitantes de la fantasía que se desplaza, busca y se pierde en lo inconmensurable del cosmos o en el espacio de su mismidad. Cuando en su travesía el mestizo es atrapado a pesar de las mediaciones frente a la nada, se refugia en su dimensión intermedia; en la magia, prevaleciendo la negación en su defensa ontológica que le permite deslizarse al sueño y al mito en donde el tiempo se hace reversible y las fuerzas de la vida se imponen aunque sea a base de superstición, ironía, blasfemia, chiste o sarcasmo. Se reimplanta la imaginación y la naturaleza como rescate de su propio ser frente a la rutina, la máquina y la repetición destructora de lo uniforme.
Del libro ARTE MESTIZO EN AMÉRICA LATINA, Discurso y Mutación Cultural, Jaime Barrios Peña (Editorial Fénix, Buenos Aires/1989)
Fuente: http://www.revistacontratiempo.com.ar/barrios.htm
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